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La transmutación de todos los valores

«El último cristiano murió en la cruz»
Friedrich Nietzsche

Uno de los «maestros de la sospecha», según Paul Ricoeur, más importantes de finales del siglo XIX fue, sin duda alguna, el filósofo prusiano Friedrich Wilhelm Nietzsche. De amplia y riquísima formación intelectual, se dio a conocer como uno de los principales poetas y críticos tanto de la cultura occidental como del idealismo alemán de Hegel. Su profunda influencia en la historia de las ideas —en especial en el campo de la estética (influido por Arthur Schopenhauer)—, la relectura que hizo de la filosofía griega clásica (Heráclito, Sócrates, Platón y Aristóteles) y la literatura que lo hizo romper con los sistemas esquemáticos de la filosofía de la época lo convirtieron en una de las figuras más significativas del pensamiento contemporáneo de Occidente.

Su tesis sobre la «primacía del secularismo» influyó en los principales maestros del existencialismo, del posestructuralismo, de la fenomenología y del incipiente posmodernismo del siglo XX. Sin embargo, lo que más llama mi atención de la pericia literaria de Nietzsche, como diría Gilles Deleuze en su obra Nietzsche y la filosofía, es «su análisis de las actitudes morales hacia la vida». En ese contexto fue que apareció la expresión Die Umwertung aller Werte, que ha sido traducida como «la transmutación de todos los valores», es decir, la necesidad de reemplazar los valores tradicionales —como los del cristianismo o ciertos idealismos— por una nueva concepción de virtudes que se deben centrar en la vida presente y no en la por venir. Para Berciano:

Nietzsche cree que la metafísica de valores y estos mismos se han desvalorizado en la actualidad. El admitir ahora la voluntad de dominio como principio explícito implica nuevos valores. Esta transmutación constituye la esencia consumada del nihilismo. Según estas afirmaciones, el nihilismo no significa la nada absoluta, ni la anulación de todo […]. Significa que los valores supremos se desvaloran.[1]

En este sentido, según Nietzsche, con el cristianismo prosperó la «moral de los débiles», es decir, de los que quieren huir del rigor de la vida inventándose un mundo objetivo, de reposo, de justicia, de absoluta felicidad. Para él, hay que recuperar «la moral de los señores», la moral que ama lo noble, que afirma que «Dios ha muerto y nosotros lo hemos matado» (La gaya ciencia), que no teme al sufrimiento ni al dolor, que dice sí a la vida, sí a la excelencia, a la jerarquía, a lo no igualitario.

Recuperar estos valores, como también reivindicar la irrupción de un pensamiento lógico-tecnicista, es fundamental para nuestro filósofo en cuestión, ya que para él es absolutamente necesario poner fin a la moral de esclavos y débiles que ha imperado en Occidente durante siglos.[2]

La pregunta en rigor es, ¿por qué Nietzsche se constituye en un acérrimo crítico del cristianismo? ¿Será que la fe luterana de su padre y pastor no le era suficiente en sus elucubraciones filosóficas? ¿Será que las malas aptitudes de los cristianos de su época le daban sustento para su obra literaria? Lo cierto es que para Nietzsche el cristianismo, un simple platonismo de naturaleza popular, se constituyó en un punto de partida de su pensamiento. Por eso él dijo:

Yo condeno el cristianismo, yo levanto contra la Iglesia cristiana la más terrible de todas las acusaciones que jamás acusador alguno ha tenido en su boca. Ella es para mí la más grande de todas las corrupciones imaginables […]. Yo llamo al cristianismo la única gran maldición, la única grande intimísima corrupción, el único gran instinto de venganza, para el cual ningún medio es bastante venenoso, sigiloso, subterráneo, pequeño y la única inmortal mancha deshonrosa de la humanidad.[3]

Llama mucho la atención que para Nietzsche los individuos habían corrompido el cristianismo paganamente. Y por tal motivo, la principal crítica que hizo fue a la actitud hipócrita y cobarde de los creyentes de su época. Rechazó, según Juan José Tamayo, «el cristianismo fideísta sin fundamento en la razón y el cristianismo racionalista estrecho».[4]

He de confesar que para nada estoy de acuerdo con las injustas presuposiciones o análisis de este «padre de la sospecha» respecto a los prolegómenos del cristianismo. Sobre todo porque es poco respetable evaluar una tradición milenaria anacrónicamente. Sin embargo, me sigo preguntando si el filósofo prusiano viviera hoy, ¿cuál sería su actitud hacia el cristianismo? ¿Nos seguiría acusando de hipócritas y cobardes frente a tanto dilema moral que nos rodea? ¿Nos pondría el dedo en la llaga al decir que el movimiento si bien es cierto ha crecido tambien no es menos cierto que ha perdido incidencia en la vida pública? ¿Podría seguir acusándonos de que los cristianos hoy son poco pensantes y que los intelectuales creyentes son poco relevantes?

Y usted, estimado lector, ¿cómo cree que Friedrich Wilhelm Nietzsche analizaría el cristianismo de hoy?

Continuará…


 

[1] Modesto Berciano, Superación de la metafísica en Martín Heidegger (Oviedo: Universidad de Oviedo, 1991), 178.

[2] Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal (Buenos Aires: Ediciones LEA, 2015). Cp. Ídem, La genealogía de la moral (Valencia: Universidad de Valencia, 1995).

[3] Ídem, El Anticristo (Madrid: Editorial Alianza, 1997), 108-109.

[4] Juan José Tamayo, “Nietzsche y el cristianismo”, 20 de diciembre de 2000, https://elpais.com/diario/ 2000/12/29/opinion/978044402_ 850215.html (28 de agosto de 2019).

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