La iglesia ante la cultura

La iglesia ante la cultura Cuarta parte:

Consumir cultura

El tercer tipo de acercamiento de la iglesia a la cultura es el consumo de ella. Esto suena extraño y hasta escandaloso, pero no se debe apresurar a objetarlo por completo, como se explicará a continuación.

Aquí pasamos de los aspectos más negativos a los más positivos en la relación entre iglesia y cultura. En la sección anterior se mencionó que los elementos de la cultura que criticamos no son totalmente malos, pero que antes de usarlos tenemos que emplear criterios teológicos para evaluarlos. Los podemos consumir, pero teniendo cuidado de no violentar los valores bíblicos del reino de Dios al hacerlo.

Sin embargo, hay otros elementos de la cultura que consumimos sin tener que preocuparnos por evaluarlos teológicamente. Más bien, deberíamos disfrutar las muchas cosas buenas que nuestra cultura produce. Podemos pensar en la comida, en el vestuario, en los artefactos electrodomésticos que tanto facilitan nuestra vida, en la tecnología digital (teléfonos inteligentes, internet, equipo de computación, instrumentos musicales). Por cierto, varios de estos elementos también han sido objeto de análisis y evaluación con criterios teológicos. Por ejemplo, debemos tener cuidado con la comida que ingerimos y con la tecnología digital por los daños que pueden causar. Sin embargo, como individuos y como iglesias no podríamos funcionar hoy sin tales elementos. Todos somos consumidores de ellos sin tener necesariamente que preocuparnos por emitir juicios condenatorios ni evaluativos. Algunos elementos son más inocuos que otros. Todos usamos medios de comunicación, medios de transporte, electrodomésticos, medicamentos, servicios diversos sin tener que detenernos a evaluarlos teológicamente. Lo que sí tenemos que vigilar son nuestras actitudes hacia ellos, las motivaciones con que los usamos y los pecados que podrían asociarse con ellos, porque, como dicen Jesús y los apóstoles, podríamos llegar a ser esclavos de ellos (Mt 6:24; Col 2:16). El problema no serían las cosas, sino nosotros y la actitud consumista que prevalece en nuestras culturas, la cual sí sería condenable.

En el Nuevo Testamento se ve a Jesús y a los apóstoles consumiendo este tipo de elementos de la cultura: comida, vestuario, transporte, monedas, servicios gubernamentales. Por ejemplo, Pablo, aunque criticó duramente las incongruencias del sistema romano de justicia (Hch 16:35-39), apeló al mismísimo emperador, así sometiéndose a dicho sistema (Hch 25:6-12).[1] Él también aprovechó en su ministerio misionero los caminos y el sistema marítima de transporte del Imperio romano sin tener que hacerles un análisis teológico (cp., por ejemplo, Hch 20:13-15; 21:2, 6). En el caso de Jesús es notoria su presencia frecuentemente en fiestas y comidas, que eran parte de la cultura de su época. Hasta fue acusado de “ser fiestero” porque pasaba tanto tiempo con la gente comiendo y bebiendo (Mt 11:18-19).

«Se debe tomar en cuenta el propósito de usar o copiar elementos culturales; debe estar ligado con los valores del reino. De lo contrario se corre el riesgo de, efectivamente, “mundanalizar” la iglesia»

Copiar cultura

Ahora sí se está pasando, dirán algunos. ¿Cómo es eso que la iglesia debe copiar cultura? En efecto, un cuarto tipo de acercamiento de parte de la iglesia a la cultura es copiarla y usarla para el beneficio del reino de Dios. Al fin y al cabo las culturas son producto de la creatividad humana, la cual es una característica propia del ser humano que refleja la imagen de Dios. Todas las culturas tienen elementos que reflejan el carácter creativo de Dios mismo. Lo desafiante para los cristianos es determinar cuáles son esos elementos. Hay bastantes ejemplos en la vida y ministerio de Jesús y de los apóstoles.

Jesús copió cultura judía y usó ciertos elementos de ella en su ministerio. Quizá el aspecto más paradójico es su uso de las parábolas. Por un lado, a través de ellas Jesús criticó la sociedad y cultura judía de su época, como ya se dijo, pero, por otro lado, usó el método rabínico de enseñar por medio de parábolas.[2] Es más, Jesús aceptó el hecho de que sus propios discípulos lo llamaran maestro, es decir, rabí (Jn 13:13). De estas maneras podemos observar que Jesús copió un rasgo distintivo de la cultura judía, la enseñanza rabínica, y lo usó como un instrumento para enseñar sus propios principios y valores.

El apóstol Pablo hizo algo similar. En 1 Co 9:19-23 él establece que parte de su estrategia personal para alcanzar a todos era la adaptación cultural, que seguramente incluía el copiar elementos de las culturas que él buscaba alcanzar con el evangelio. Un ejemplo ilustrativo es su discurso en Atenas (Hch 17:22-34); si bien él no se hizo pagano para alcanzar a los filósofos atenienses, sí se hizo filósofo para alcanzarlos. Un distintivo de la cultura ateniense eran sus escuelas de filosofía. Pablo usó (copió) la filosofía y la literatura griegas para tender un puente a su audiencia. Incluso en su discurso citó poetas griegos, Arato de Cicilia y Cleantes, reconociendo el valor y la verdad de sus palabras.[3] De nuevo, vemos un uso instrumental de elementos culturales a fin de proclamar la verdad del evangelio.

Los ejemplos mencionados aquí resaltan metodologías de enseñanza y de acercamiento a la gente. La iglesia cristiana ha hecho lo mismo a través de los siglos y lo hace en la actualidad, aunque siempre ha habido polémica al respecto.

¿Habría paralelos contemporáneos de lo que Jesús y Pablo hicieron al copiar cultura para proclamar la verdad del evangelio? ¡Claro que sí! De hecho, la historia de la iglesia está llena de tales paralelos.

Sin embargo, parece que en la actualidad hay muchos más paralelos. Usar o, mejor dicho, copiar aspectos de nuestra cultura para proclamar el evangelio es visto por algunos como una “mundanalización” de la iglesia. Por ejemplo, cuando se emplea el deporte como un medio para alcanzar a los jóvenes, muchos adultos se sienten incómodos. Algo similar sucede con el uso de la música u otros elementos del arte contemporáneo, aunque curiosamente casi no sucede así con el uso de la tecnología digital. Se podría decir que actualmente todas las iglesias hacen uso, en mayor o menor grado, de bienes culturales para desarrollar actividades de adoración, discipulado y proclamación.

Con todo, siempre es imperativo mantener vigilancia y control sobre esto. Se debe tomar en cuenta el propósito de usar o copiar elementos culturales; debe estar ligado con los valores del reino. De lo contrario se corre el riesgo de, efectivamente, “mundanalizar” la iglesia. Lamentablemente, esto está pasando. La iglesia siempre debe tener criterio teológico para evaluar lo que hace, los métodos que usa, las motivaciones y las metas. Por ejemplo, ¿es válido prestar del mundo empresarial los métodos y las estrategias para desarrollar la organización y la misión de la iglesia? ¿Cuándo es válido, y cuándo no? Entre otros ejemplos se podría incluir la publicidad, el mercadeo y el ofrecimiento de “eventos cristianos” como productos de la cultura postmoderna. Mientras prestemos, usemos y copiemos bienes culturales para el beneficio del reino de Dios y de acuerdo con sus valores, ¡hagámoslo!


* El contenido de este artículo fue presentado en el coloquio del 02-10-19: «Cristo y la cultura contemporánea». Las publicaciones serán reproducción textual de David Suazo J., «Ser contracultura: Imperativo para todos los cristianos”, Kairós 54 (2014): 95-108. La ortografía y el estilo no se han modificado, pero se han omitido y acortado algunas notas al pie por cuestiones prácticas. Sin embargo, quien desee la información bibliográfica completa puede consultar el artículo original.

[1] Justo L. González, Hechos de los Apóstoles (Buenos Aires: Ediciones Kairós, 2000), 415 16.

[2] Armando J. Levoratti, “La interpretación de las parábolas a través del tiempo”, en Enseñaba por parábolas: Estudio del género “parábola” en la Biblia; Homenaje a Plutarco Bonilla Acosta (Miami: SBU, 2004), 53.

[3] González, Hechos, 317.

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