La iglesia ante la cultura

La iglesia ante la cultura Última parte: crear cultura

El último acercamiento de la iglesia a la cultura, y el más completo, es la transformación y creación de la cultura. Ya hemos hecho referencia al aspecto creativo innato del ser humano como un rasgo de la imagen de Dios.

Condenar y criticar la cultura, aunque necesario, no es suficiente. Si solamente esto lo hiciéramos, quizá podríamos llamarnos contraculturales, pero no seríamos muy diferentes de otros grupos que han hecho y hacen lo mismo. Si nos vemos solamente como contraculturales, quizá seremos fieles al evangelio, pero sin pertinencia en la cultura. Siempre existe la tensión saludable entre ser fieles al evangelio y pertinentes a la cultura, y esa tensión no debería resolverse.

También es necesario consumir y copiar la cultura, pero aun esto no es suficiente. Si solamente esto hiciéramos, quizá seríamos más pertinentes que los que solamente condenan y critican, pero correríamos el riesgo de ser infieles al evangelio y de perder la identidad de pueblo de Dios. Por esto, es necesario incluir la transformación y la creación de cultura para completar el ciclo de relaciones entre la iglesia y la cultura.

Jaeger señala que la iglesia cristiana transformó la cultura grecorromana de los primeros siglos de la Era Cristiana, creando así una nueva cultura con rasgos de esa cultura y de la cultura judía y con nuevos elementos incorporados por la iglesia misma. El otro ejemplo histórico de gran impacto es la Reforma Protestante del siglo XVI. Este movimiento transformó la cultura de los países que lo abrazaron al grado que los países protestantes de Europa central y del norte fijaron el rumbo del mundo de los siglos siguientes.[1]

Terminamos con un ejemplo tomado del ministerio misionero del apóstol Pablo. En Filipos, él y sus acompañantes fueron acusados de “alborotar” la ciudad (Hch 16:20-21), proclamando costumbres ilícitas para los ciudadanos, porque estos eran “romanos”; es decir, fueron acusados de cambiar la cultura.[2] Esa fue la acusación que sirvió de base para llevarlos a la cárcel. La transformación de culturas puede ser peligrosa, porque se tocan intereses y prácticas arraigadas (vv. 18-19). Algo similar les sucedió a Pablo y sus acompañantes en Éfeso (Hch 19:23-41) y en Tesalónica, donde se habían ganado la fama de estar “trastornando” el mundo (Hch 17:6). Los cristianos de hoy no tenemos esa fama, porque no estamos en el negocio de transformar culturas ni de crear nuevas culturas. Quizá condenamos y criticamos, quizá consumimos y copiamos, pero no estamos transformando ni creando.

Conclusión

Ser contracultura es un imperativo para todos los cristianos. En este artículo hemos identificado esta postura con la función de condenar y criticar la cultura. Sin embargo, la iglesia hace más que condenar y criticar; también consume y copia cultura. Solamente condenar y criticar la cultura no está bien, ni tampoco está bien solo consumirla y copiarla. Todo esto hay que hacerlo, ejerciendo criterio para saber qué condenar y qué copiar o cuándo criticar y cuándo consumir. No obstante, la meta debería ser la transformación de las culturas y la creación de nuevas que reflejen los valores del reino. ¡Ojalá la iglesia cristiana pueda hacer esto, ya que el poder del evangelio sí es capaz de hacerlo! 


[1] Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo (México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 2011). Esta obra clásica presenta al protestantismo como el generador del capitalismo en Europa del Norte y de ahí se desprende la diferencia entre el norte y el sur de Europa. Frèdèric Hoffet, El imperialismo protestante: Consideraciones sobre el destino desigual de los pueblos protestantes y católicos en el mundo actual (Buenos Aires: La Aurora, 1949). Estos dos libros son antiguos y reflejan el pensamiento de los autores en la época en que se escribieron. Más recientemente ha habido otros aportes como el de Heiko A. Oberman, The Impact of the Reformation (Grand Rapids: Eerdmans, 1994); Giacomo Martina, La iglesia de Lutero a nuestros días, tomo I: Época de la Reforma. Madrid: Ediciones Cristiandad, 1974. Ver especialmente el capítulo IV.

[2] Suazo, “El poder de la verdad”, 98.

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