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¡Que siga el trabajo!

    “Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase”.

    Génesis 2:15

    El trabajo es una ordenanza creacional y vinculante para el ser humano.  De hecho, “tres ordenanzas, inherentes en el orden creacional de Dios, merecen particular atención. Estas son el sábado, el matrimonio y el trabajo.”[1] En este corto escrito mi intención es hacer breves comentarios sobre el elemento laboral, ya que este tiene implicaciones bíblico-teológicas y coyunturales.

    Debido a la situación que el mundo vive hoy, a causa del “coronavirus”, debe existir una postura cristiana sobre el trabajo ya que muchas personas lamentablemente lo han perdido debido a las consecuencias económicas. Empresas de todo tipo y tamaño se han visto seriamente afectadas, consecuentemente, el trabajo del día a día para muchas personas hoy ya no es posible.[2]

    El ser humano y el trabajo

    En la constitución natural del ser humano el Dios creador fundó la noción del trabajo; el ser humano fue creado para trabajar. En tan alta estima se presenta este, en la Biblia, que Pablo dice: “si alguno no quiere trabajar, tampoco coma” (1 Tes 3:10). Las palabras del apóstol son duras debido a que negarse a usar las manos para la labor no es una ofensa pasajera; es ir en contra de una orden creacional.

    El trabajo fue ordenado por Dios en un estado de perfección, por lo tanto no puede ser considerado como carga fatigosa o castigo; ya que el pecado no había entrado en el mundo cuando este fue constituido. Incluso, en este estado de perfección, el trabajo dignifica al ser humano pues es un derecho y una responsabilidad. 

    Dios y los dioses

    ¿Cuál era la perspectiva sobre el trabajo en el mundo antiguo? Esteban Voth comenta sobre este punto de la siguiente manera: “La mitología mesopotámica creó al hombre como un esclavo para proveer alimento a los dioses que ya no querían trabajar más.”[3] No es una casualidad que documentos tan antiguos, de culturas paganas, como el “Génesis de Eridu” y la “Epopeya de Atrajasis” presenten similitudes y diferencias con el Génesis bíblico.

    Similitudes. Tanto el Génesis del canon como estos génesis no inspirados tratan sobre el origen del mundo e involucran de manera necesaria el concepto del trabajo. Diferencias. La concepción del trabajo en estos documentos es abismalmente contraria. En el Génesis del canon, el Dios trino no crea al hombre en un estado despectivo de esclavitud y mucho menos lo pone a trabajar por una supuesta renuencia divina a trabajar. La misma Biblia provee una respuesta contundente: “Y Jesús les respondió: mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (Juan 5:17).

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    El trabajo es parte de la naturaleza y el carácter de Dios. He aquí la íntima relación entre el principio del reposo y el concepto del trabajo. Dios reposó del trabajo que hizo (Gen. 2:2). El ser humano no trabaja para descansar, más bien, inicia la semana en el reposo alcanzado por Cristo en su obra redentora para después salir a glorificarle por medio de su trabajo. Esta era la idea básica de los puritanos en la fundación de la nación estadounidense. De hecho, en los libros para la educación de los niños de esa época abundaban las ilustraciones y los dibujos que hacían alusión al trabajo. Esto pretendía enseñar a los niños la idea de que gobernarse a uno mismo y tomar responsabilidad de los asuntos propios era un asunto crítico en el pensamiento de la nación.

    Cierto dibujo en estos libros decía: “Deseos perezosos no le sirven al hombre de nada, pero si este tuviese ayuda de Dios en el tiempo de necesidad, déjalo no solo implorar por su ayuda, también déjalo hacer uso de su propio y mejor esfuerzo.”[4]

    ¿Qué hacemos hoy?

    El dios de esta cultura exalta el ocio y desprecia el trabajo. El Dios de la Biblia eleva el trabajo y condena la pereza (Prov 6:6-9).  El confinamiento obligatorio por parte de nuestros gobiernos no es sinónimo de un ocio obligatorio, el trabajo debe continuar. Algunos tienen la dicha de poder trabajar desde casa sin ver afectados sus ingresos para el sostenimiento familiar. Pero ¿qué de aquellos que han perdido su trabajo? La invitación es a seguir dos pasos, que suenan simples, pero pueden ser más complicados en la práctica:

    Primero: entrar en el reposo del Señor. Esto implica fortalecer la fe y tener la seguridad de que lo que sucede es producto de la providencia de Dios.

    Segundo: seguir trabajando. Dice el Salmo 128:2: “Cuando comieres el trabajo de tus manos, bienaventurado serás, y te irá bien.”

    El objetivo no es hacer el trabajo que quieres, sino la disposición que tengas para realizarla. Probablemente, debido a esta situación, el trabajo que debes hacer no sea el que tenías en mente, pero toda labor es digna, pues cuando comas de su fruto serás bienaventurado y te irá bien.

    Soy un fiel creyente y un testimonio de que Dios bendice abundantemente cuando alguien tiene en alta estima el trabajo. En estas circunstancias nuestra reflexión y motivación cristiana nos empuja a no detener nuestras manos, sino a usarlas para producir. Así funciona el reino de Dios, de lo pequeño a lo grande, de lo poco a lo mucho.


    [1] O. Palmer Robertson, The Christ of the Covenants (Phillipsburg: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1980), 68.

    [2] No está de más recordarle a los lectores el hacer oraciones a Dios por todos aquellos que hoy experimentan este problema.

    [3] Esteban Voth, Comentario Bíblico Hispanoamericano (Miami: Caribe, 1992), 13.

    [4] Citado en Gary DeMar, God and Government: A Biblical, Historical, and Constitutional Perspective. Electronic Edition. (Powder Springs: American Vision, 2011), 17.

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