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La dimensión comunitaria y relacional de la fe cristiana

    Las cifras de muertes por COVID-19 en el mundo van en aumento. Además de la pérdida de vidas humanas, las consecuencias de la pandemia se han reflejado en la economía, productividad laboral, salud mental, gobernabilidad, etc. No obstante, la muerte, el sufrimiento, la pobreza, las enfermedades, los desastres naturales, las guerras y las crisis económicas siempre han estado presentes en la historia de la humanidad, y la época actual no es la excepción. A pesar del mundo fragmentado en el que vivimos, ¿cuántos de nosotros nos hemos percatado de la realidad, del dolor y sufrimiento de las personas que nos rodean? Y más allá de eso, ¿cuántos de nosotros estamos dispuestos a actuar ante esa realidad? 

    Lamentablemente, algunas personas, incluyendo cristianos, actuamos con insensibilidad ante el panorama devastador de nuestro prójimo. Es probable que esto se deba a que estamos inmersos en una sociedad en la que muchas veces lo único que importa es el bienestar propio, sin considerar a los demás. En parte, esto sucede a que actuamos de una manera individualista, manifestando así egocentrismo, egoísmo, indiferencia, apatía, entre otros.  

    Una actitud individualista

    La actitud individualista radical, como característica de la presente era, se basa en la persona que está centrada únicamente en sí misma. Los individuos postmodernos están preocupados por su propias vidas, su propia satisfacción personal y su autopromoción. De manera que, están menos preocupados por viejas lealtades y afiliaciones modernas como el matrimonio, la familia, la iglesia y la nación, y están más orientados a sus propias necesidades.[1] La consecuencia es que los individuos crean su propia realidad en donde el beneficio personal constituye la única prioridad y el único factor de motivación. A partir de esto, la persona obtiene una total libertad que le permite obtener su propia gratificación, ya que no existe una consciencia que le permita percibir otra realidad más que la de sí misma.  

    Las consecuencias negativas de esta actitud individualista se ven manifestadas en el entorno social, puesto que para estas personas la vida en comunidad constituye un obstáculo para la propia realización, ya que requiere una entrega de parte de la persona para el bien común. Por lo tanto, el individuo se vuelve ajeno de lo que le rodea. En consecuencia, no desea tener una participación en la sociedad, tal como lo enuncia la típica frase individualista: «vive y deja vivir».

    Esta actitud, tan centrada en el beneficio personal por encima del bienestar de los demás, ha dado cabida a que las personas nos volvamos insensibles ante la realidad que nos rodea. Esto se manifiesta cuando situaciones como la pobreza extrema, la violencia, los abusos, las crisis, las enfermedades y las guerras se comienzan a percibir como acontecimientos «normales» que forman parte del diario vivir; pero mientras no tengan un efecto directo en nuestras vidas, no los consideramos un problema. Por lo tanto, si lo vemos desde esa perspectiva, podemos notar que realmente la frase «vive y deja vivir» se torna más en un «vive y deja morir».

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    La alternativa bíblica 

    Dios creó al hombre a su imagen y semejanza (Gn 1:26-27). Esto tiene implicaciones en todos los ámbitos que constituyen a un ser humano, especialmente en el aspecto relacional. Tenemos no solo cuerpos físicos, sino también espirituales inmateriales, y podemos, por tanto, actuar en formas que son significativas en la esfera inmaterial y espiritual de la existencia. Esto significa que tenemos una vida espiritual que nos capacita para relacionarnos con Dios como personas, orar y alabarle.[2] Esta relación con Dios necesariamente implica relacionarnos con toda su creación, específicamente con otros seres humanos. El Génesis, como el libro que relata el principio de la historia humana, nos indica que las personas fueron creadas para vivir y desarrollarse en comunidad. Esto deja de manifiesto que parte de la naturaleza del ser humano, al ser creado a imagen y semejanza de Dios, conlleva un aspecto de sociabilidad.

    Es precisamente Dios como Trinidad el reflejo perfecto de la comunión, las relaciones y el diálogo. De manera que la comunidad trinitaria experimenta y refleja relaciones mutuas de amor, como el teólogo latinoamericano José Míguez Bonino menciona: «La vida de Dios es comunión. Por lo tanto, vivir en comunidad y comunión con el prójimo se convierte en un reflejo palpable y profundo de la comunión que existe en las tres personas de la Trinidad».

    Sin embargo, con la caída del ser humano, la comunidad, las relaciones y el diálogo con Dios y con el prójimo se fragmentaron. En consecuencia, los seres humanos comenzaron a vivir vidas egoístas, insensibles, apáticas e indiferentes. Por esta razón Dios envió a su Hijo al mundo, quien a través de su vida, muerte y resurrección reconcilió todas las cosas (Col 1:20). A partir de esto, las personas, a través de la fe en Cristo, restablecen la comunidad, las relaciones y el diálogo con Dios y con el prójimo. De manera que ahora las personas están llamadas a amar a Dios con todo su corazón y al prójimo como a sí mismas (Mr 12:28-34). De forma específica, Jesús hace un llamado a no pensar solo en nosotros mismos y en nuestro propio beneficio, sino entregarnos en servicio a otros (Mt 20:28). Esto lo expresa de una manera tan profunda cuando menciona que todo lo que hagamos por otras personas en necesidad es un acto de amor hacia el mismo Dios (Mt 25:40).  

    Por ende, Jesús nos llama a vivir una actitud comunitaria, relacional, de amor y de diálogo. Esto lo podemos reflejar a través de compartir lo nuestro con los necesitados (Lc 3:10-11) y amando a nuestro prójimo de la misma manera en que Jesús nos amó (Jn 15:12). Desde esta perspectiva, una actitud individualista no tiene cabida, ya que Dios nos llama a velar no solo por nuestros intereses sino por el bienestar de los demás (Fil 2:4). En otras palabras, Jesús nos está llamando a restaurar la comunidad, las relaciones y el diálogo con toda la creación. Por lo tanto, en mundo fragmentado, lleno de crisis, sufrimiento y dolor, una actitud individualista no es el camino, sino todo el contrario, es el amor y la solidaridad la única alternativa.


    [1] Pauline Marie Rosenau, Post-Modernism and The Social Sciences: Insights, Inroads, and Instrusions (New Jersey: Princeton University Press, 1992), 69.

    [2] Wayne Grudem, Teología sistemática (Miami: Vida, 2007), 468.

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