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Relaciones saludables, familias saludables

    Las relaciones saludables son un reflejo del diseño original de Dios para la interacción humana. Génesis 2:25 nos dice que el hombre y la mujer no se avergonzaron. Esa apertura fue el resultado de una total confianza y amor mutuo que fue posible debido a una relación perfecta de hombres y mujeres con su Dios creador (Génesis 1-2). Por el contrario, una relación disfuncional es aquella que proviene de romper la confianza. Es donde la perfecta armonía y la vulnerabilidad no son posibles debido al miedo a la traición. Por eso, una relación sana se basa en el amor y el compromiso perfecto, mientras que una disfuncional se basa en el interés propio y la desconfianza.

     

    Prácticas que deterioran las relaciones

    Donald R. Hands y Wayne L. Fehr sostienen que el primer lugar donde se rompe esa confianza perfecta es la familia.[1] Los autores describen ese quebrantamiento en forma de intrusión (comportamiento abusivo) y desapego (construcción de muros).[2] Ambas vulneraciones de la confianza son más comunes de lo que se esperaría. La intrusión puede ser tan sutil como el traicionar la confianza y la privacidad de un miembro del hogar, o puede ser tan destructiva como el abuso físico o emocional. Por otro lado, el desapego se refiere a las familias que no han desarrollado un mecanismo saludable para mostrar emociones y sentimientos. Estas son familias en las que el amor se mide en estándares de éxito y competitividad, y en las que la vulnerabilidad es percibida como debilidad.

    La valoración de Hands y Fehr es correcta: la familia debe ser el lugar donde la confianza y el amor se construyen en la persona, cuando no cumple con ese papel, la desconfianza se apodera de las relaciones de esa persona en todos los niveles.

    Relaciones perfectas con Dios

    Por otro lado, Scott A. White señala que, aunque la familia puede lograr un cierto nivel de confianza y amor, al final del día, ninguna relación humana alcanzará la perfección; por lo tanto, buscar una relación humana perfecta terminará por convertirse en una especie de decepción para la persona. La razón de estas deficiencias es que los humanos fueron creados para buscar una relación más allá de la simple interacción humana, una relación con Dios mismo.[3]

    Juan Calvino, por ejemplo, ya había considerado la idea que White presenta cuando en su Institución de la religión cristiana afirma: “es evidente que el hombre nunca alcanza un verdadero autoconocimiento hasta que no ha contemplado previamente el rostro de Dios, y desciende después de tal contemplación para mirar en sí mismo”.[4] Calvino se refiere al hecho de que los seres humanos no pueden estar completos y satisfechos hasta que no se reencuentran a sí mismos a la luz de su relación con Dios que los creó.

    Don Kimball lo resume casi poéticamente: “la sanidad es una restauración de la integridad, un retorno a nuestra bondad y plenitud originales … Esta es la obra de Jesús: revelar nuestro yo real, nuestro yo completo, junto con la amistad de Dios”.[5]

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    Jesucristo es el camino a la restauración

    Lo que se perdió en Edén fue mucho más que un paraíso terrenal, fue la esencia misma de aquello para lo que el ser humano ha sido creado, su relación íntima con Dios. Al perderse, el ser humano perdió la plenitud, la cual añora y busca apasionadamente; por eso, no podrá hallarla fuera de aquel quien lo creó para sí.

    La obra redentora de Cristo en la cruz es mucho más que un concepto metafísico o espiritual, es la apertura de la puerta de retorno a esa relación. En Jesucristo el ser humano se halla otra vez con acceso a una perfecta relación con Dios Padre, se halla nuevamente en plenitud.

    Es bajo esta perspectiva que el apóstol Juan nos recuerda: “más a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios. Estos no nacen de la sangre, ni por deseos naturales, ni por voluntad humana, sino que nacen de Dios” (Juan 1:12-13). ¿Qué significa esto?, pues no es otra cosa que la restauración de la humanidad por medio de la obra redentora de Cristo a una relación perfecta con el Padre eterno.

    El ser humano en Cristo, se halla a sí mismo renacido, hijo de Dios, en una relación en la que ya no hay intrusiones ni desapegos, sino plenitud absoluta. El ser humano en Cristo se halla de vuelta en Dios, en aquel que lo restaura a perfecta bondad y plenitud.

    Conclusión

    Aunque algunos autores pueden llegar al extremo de espiritualizar el concepto de las relaciones interpersonales y otros llevarla al extremo de sobre naturalizarlas, la conclusión es que las relaciones saludables solo serán posibles cuando sean una extensión de una autoestima saludable; esta a su vez, solo será posible cuando emane de una relación sana y profunda con Dios.

    Dicho de otra manera, si el ser humano busca la plenitud en las relaciones humanas se hallará irremediablemente defraudado. Al mismo tiempo, si el ser humano decide aislarse de toda relación humana en la búsqueda de una perfecta espiritualidad, se hallará a sí mismo insatisfecho. La verdadera plenitud humana resulta de la relación con el creador, la cual define la identidad del ser humano, y de cuyo seno emanan las relaciones interpersonales con el prójimo.


    [1] Donald R. Hands and Wayne L. Fehr, Spiritual Wholeness for Clergy: A New Psychology of Intimacy with God, Self and Others (Lanham: The Alban Institute, 1993), cap. 1, sec. 4.

    [2] Hands and Fehr, Spiritual Wholeness.

    [3] Scott A. White, “Imago Dei and Object Relations Theory: Implications for a Model of Human Development,” Journal of Psychology and Theology (1984): 286-293.

    [4] John Calvin, Institutes of the Christian Religion, Boom First, Chapter 1, accessed September 18, 2020, https://www.ccel.org/ccel/calvin/institutes.iii.ii.html.

    [5] Don Kimball, Power and Presence: A Theology of Relationships (San Francisco: Harper & Row, 1987), 64.

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