¿Un pueblo salvo y naciones sin redención?

Recuerdo que siendo adolescente me hacía las siguientes preguntas: en caso de no ser judía de sangre, ¿seré en verdad salva?; ¿qué hay de mi familia, de mis amigos o de las demás naciones? Yo escuchaba regularmente a los rabinos enfatizar que el pueblo judío era el pueblo de Dios, la nación que el Señor había elegido para ser suya, citando un versículo en Deuteronomio: «[P]orque eres pueblo consagrado al Señor tu Dios. Él te eligió de entre todos los pueblos de la tierra, para que fueras su posesión exclusiva» (Dt 14:2 NVI). Para mí esta noticia era devastadora, mi familia solo practicaba el judaísmo, pero no teníamos la certeza de la descendencia judía. ¿Cómo saber si éramos elegidos o salvos? ¿En verdad Dios solo había elegido a un pueblo? ¿La Biblia habla realmente de un pueblo salvo y naciones sin redención?

Salvos por gracia

Aparte de tener dudas sobre mi pureza étnica, también pensaba sobre la cuestión moral: yo estaba consciente de mi pecado y desobediencia. Por lo tanto, ¿era del agrado del Señor? Si no lo era, ¿cómo podría lograr redención y ser parte del pueblo de Dios? Aun con estas dudas, tenía la esperanza de poder entrar en la bendición del Señor. Al buscar en la Palabra respuestas a dichas interrogantes, Dios me fue guiando y me mostró su propósito a través del apóstol Pablo: «El propósito de Dios fue que nosotros, los judíos —que fuimos los primeros en confiar en Cristo—, diéramos gloria y alabanza a Dios. Y ahora ustedes, los gentiles, también han oído la verdad, la Buena Noticia de que Dios los salva» (Ef 1:12-13 NTV).

¡Guau! Dios fue tan claro y específico sobre mis dudas: sí soy parte del pueblo de Dios, soy salva por gracia.

Como cristianos salvados y llamados a formar parte del cuerpo de Cristo debemos vivir como dignos discípulos, muriendo a los deseos de nuestra carne todos los días y siendo agradecidos por la maravillosa bondad de Dios derramada en nosotros.

Noticia gratificante

Sin lugar a dudas, el regalo más gratificante es saber que, aun siendo gentil, soy coheredera con Cristo, y que desde antes de la creación él ya había pensado en mí, en mi familia, en mis amigos y en todas las naciones. Así lo declara Efesios: «Incluso antes de haber hecho el mundo, Dios nos amó y nos eligió en Cristo para que seamos santos e intachables a sus ojos» (Ef 1:4 NTV).

Dios nos ha expresado que somos benditos, que mi identidad está puesta en Cristo por gracia. El Padre compró nuestra libertad por medio de la sangre de Jesús, su Hijo, a través de esa crucifixión que refleja su amor por toda la creación: «Dios es tan rico en gracia y bondad que compró nuestra libertad con la sangre de su Hijo y perdonó nuestros pecados» (Ef 1:7 NTV).

En la palabra de Dios, la Biblia, me di cuenta que fue Jesús quien logró mi libertad y salvación. Yo no puedo jactarme de nada, es decir, no soy salva ni por mis buenas obras ni por mi obediencia. Sin embargo, Dios me creó de nuevo en Jesucristo para que haga cosas buenas en este mundo. En otras palabras: mi fidelidad y obras no son «para» salvación, sino «porque» soy salva.

Viviendo como dignos coherederos

En el pasado éramos objeto de la ira de Dios porque vivíamos en pecado, obedeciendo al líder de los poderes del mundo invisible, Satanás. Pero ahora hemos sido perdonados, hemos recibido ese favor inmerecido y somos salvos gracias al sacrificio del Señor. ¡Qué gran bendición! De igual manera, hemos sido llamados a formar parte del pueblo de Dios, el cual tiene un propósito: «Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 P 2:9 NVI).

Nosotros como cristianos salvados y llamados a formar parte del cuerpo de Cristo debemos vivir como dignos discípulos, muriendo a los deseos de nuestra carne todos los días y siendo agradecidos por la maravillosa bondad de Dios derramada en nosotros. Antes no éramos elegidos, pero Jesús fue enviado para librarnos de nuestros pecados y para que formemos parte del pueblo de Dios. Así lo manifestó el apóstol Pablo: «Cristo reconcilió a ambos grupos con Dios en un solo cuerpo por medio de su muerte en la cruz, y la hostilidad que había entre nosotros quedó destruida» (Ef 2:16 NTV).

Vivamos, pues, como Dios nos ve, sosteniendo nuestra identidad en Cristo Jesús.

0 commentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Suscríbete

Archivo

Publicaciones mensuales