Con la pregunta sucede como con Agustín en sus Confesiones: «¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicarlo al que me pregunta, no lo sé».[1] Este caso revela una experiencia cotidiana donde el saber es trastocado al momento de insertar una pegunta. Lamentablemente, hoy se pregunta menos, pero se cree más. Sería lamentable que el espíritu de una comunidad como el cristianismo opacara el hecho mismo de preguntar.

Ya en la historia del cristianismo había reproches contra los teólogos que preguntaban y se daban a pensar. Por ejemplo, la acusación de Bernardo de Claraval contra Pedro Lombardo:

Este hombre disputa sobre la fe contra la fe; no ve nada misterioso y por espejo oscuramente, sino que entiende todo cara a cara. Quiere ir más allá de sus limitaciones. Mantiene que nada hay ni en el cielo ni en la tierra que le sea desconocido salvo él mismo. Echa atrás las fronteras que aceptaron nuestros padres al traer las preguntas más sublimes sobre la revelación para ser discutidas.[2]

De acuerdo con el crítico George Steiner: «La Biblia hebrea es la que más interrogantes plantea al hombre».[3]

Dios da que pensar

Dios solo puede darse a pensar a partir de sí mismo. «Darse a pensar como amor, como don, o mejor, como un don para el pensamiento, como un don que se da a pensar» (J. L. Marion). Así, siguiendo el razonamiento de Agustín y Anselmo, es posible decir: amo comprender, por lo tanto, amo para comprender. Las lecciones de Agustín desde sus Confesiones son que «el amor es quien dirige la búsqueda de conocimiento» (J. D. Caputo). Por tanto, no es posible pensar a Dios sin que inquiete el corazón y la mente; sin que el hombre se pregunte.

Por otro lado, es Dios quien pregunta primero al hombre: «¿Dónde estás?» (Gn 3:9); le busca preguntando, le espera sincero. Lo mismo pasa con Caín: «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4:9), haciendo una pregunta que vincula al otro; pero Caín responde con otra pregunta de tono insolente: «¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?». Dios suscita la respuesta del hombre, pues al preguntar demuestra la posibilidad consustancial que el hombre tiene de oír su palabra.

«La renuncia a preguntar no forma parte de los votos religiosos»

El hombre pregunta

Una de las figuras emblemáticas de la Biblia sobre la pregunta es Job. Su figura ha oscilado desde verle como un hombre paciente, probablemente a la luz de su conducta en el prólogo (Job 1:21; 2:10), entre verle como un impaciente, según los diálogos poéticos. Sin embargo, ambas condiciones no son disociables. El Job paciente es el mismo que pregunta a Dios desde la fuerza de la fe.

Por otro lado, están los amigos de Job, quienes se lanzan a juzgarlo en su circunstancia sin antes preguntar. Para ellos todas las intervenciones de la Providencia deben ser claras, explícitas, matemáticas. Son víctimas de la deformación profesional del cristiano, que llega a olvidarse de que el tema que trae entre manos es un misterio. Han «estudiado» a Dios como un tema que pudiese analizarse, predecirse y entenderse.[4]

Al final Job dicta una confesión vital: «Había oído de ti, pero ahora mis ojos te ven» (Job 42:5), mientras que Dios se enfada con los amigos: «Estoy enfadado con ustedes, pues no han hablado bien de mí, como mi siervo Job» (Job 42:7). Si este verso se refiere a las preguntas del diálogo, es una reivindicación magnífica para Job, pues demuestra que Dios valora la integridad del manifestante impaciente y aborrece a los… que acumulan acusaciones sobre un alma atormentada para defender el contenido de su posición teológica.[5]

¡Creo!

La tradición judeocristiana es una religión que invita a pensarse a sí misma, a preguntarse para poder confesar y decir: ¡creo! Sin embargo, «cada vez que se cuestiona un sistema de pensamiento, la humanidad se imagina perder a Dios».[6] Por tanto: si el cristiano dice creo sin pensar, entonces no sabe lo que cree; si el cristiano dice creo sin cuestionar, entonces no sabe por qué cree; si el cristiano dice creo sin confesar, entonces no sabe para qué cree.

¡La renuncia a preguntar no forma parte de los votos religiosos!


[1] Agustín, Confesiones (Madrid: Apostolado de la Prensa, 1951), XI: 14-17.

[2] El caso es citado por el teólogo protestante Eberhard Jüngel por causa de los críticos apresurados y superficiales que acusan las obras de especulación sin que ellos mismos tengan voluntad y placer de leer los escritos criticados. Eberhard Jüngel, La doctrina de la trinidad: Un análisis a fondo del ser de Dios y el concepto fundamental de esta doctrina (Miami: Caribe, 1980), 50-51.

[3] George Steiner, Un prefacio a la Biblia hebrea (Madrid: Siruela, 2000). Cursivas mías.

[4] Roderick MacKenzie, “Job”, Comentario bíblico san Jerónimo, ed. Raymond E. Brown et al. (Madrid: Cristiandad, 1971), 2: 450.

[5] Marvin H. Pope, “Job”, The Anchor Bible 15 (Nueva York: Doubleday, 1973), 350.

[6] Henri de Lubac, Por los caminos de Dios (Buenos Aires: Carlos Lohlé, 1962), 141.

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