La iglesia en tiempos de cuarentena/Cuaresma
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La iglesia en tiempos
de cuarentena/Cuaresma

Es sumamente curioso que la Cuaresma —tiempo litúrgico en algunas Iglesias cristianas— haya coincidido con la cuarentena —aislamiento preventivo por razones sanitarias— ocasionada por la COVID-19 o la enfermedad del coronavirus. Algunos dirán que se trata de un hecho divino deliberado y otros argumentarán que es mera coincidencia curiosa. Yo, realmente, no tengo una respuesta evidente o axiomática a dicha cuestión. Lo que sí es «obvio» es que este tiempo llegó sin anuncio, nadie lo esperaba ni imaginaba, y exige de nosotros una reacción y reflexión cristiana.[1] ¿Qué puede pensar o hacer la iglesia en tiempos de cuarentena/Cuaresma?

Ya que estas circunstancias parecen apocalípticas, reflexionemos en el Apocalipsis, libro profético (en el sentido bíblico) y, sobre todo, pastoral. Hagámoslo de forma creativa en 8:1-5: pensaremos en tres actos, tipo una obra de teatro, y después diremos algunas reflexiones finales.[2]

Primer acto: silencio

Algunos intérpretes han notado lo «ruidoso» que es el libro de Apocalipsis (por ejemplo, 1:10; 4:5; 5:2, 11-13; 6:1, 3, 5, 7, 10, 12; 7:2, 10, etc.). Sin embargo, cuando el Cordero rompe el séptimo sello lo que ocurre es inesperado: «… hubo silencio en el cielo como por media hora». La apertura de los sellos que empezó en 6:1 se fue intensificando de tal manera que era natural esperar hechos más dramáticos y ruidosos que los de 6:12-17. Pero no fue así. La acción y el ruido se paralizaron casi completamente. De hecho, la entrega de las siete trompetas y de las oraciones se hace en total silencio. Se trata de un «silencio lleno de oración».[3]

Segundo acto: oración y buen olor

Lo que ocurre en silencio (8:3-5) tiene que ver con la presentación de «las oraciones de todo el pueblo de Dios». En medio de los siete ángeles, conocidos comúnmente como los siete arcángeles, aparece «otro ángel» (8:3) que se convierte en el personaje central de este drama celestial. Este cambio de «foco» no se debe a alguna autoridad especial o propia del ángel anónimo —como ocurre en el cap. 5 con el Cordero—, sino a la presentación de nuestras oraciones, las cuales están representadas en el incienso (cf. Sal 141:2; Lc 1:10; Ap 5:8). Algunas tradiciones rabínicas mencionan que un ángel espera en las ventanas inferiores de los cielos para recibir las oraciones de los fieles y llevarlas ante Dios.

El incienso como olor que agrada a Dios es señal de aceptación (cf. Gn 8:21),[4] y en este pasaje no queda la menor duda del recibimiento de nuestras oraciones como olor grato al Señor.

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Tercer acto: silencio ante las oraciones

Tenemos una escena maravillosa cuando unimos los dos actos anteriores: el silencio impuesto en el templo celestial (cf. Heb 8:5), donde hay alabanza día y noche (Ap 4:8), es debido a las oraciones del pueblo de Dios. Hay una tradición rabínica que menciona que los ángeles cantan alabanzas de noche, pero se callan de día para que las oraciones de Israel se escuchen. De igual forma, otra tradición judía dice que cuando Israel pronuncia una de sus plegarias principales, el shemá, los ángeles se callan hasta que se complete la adoración de Israel. Es decir, las necesidades de los santos son más importantes para Dios que toda la salmodia del cielo, como bien decía R. H. Charles.

Reflexiones finales del «teodrama»

La historia se puede interpretar como un «teodrama» («drama» como representación en curso de una acción en el contexto de un teatro), donde Dios y la humanidad se alternan como actor y auditorio (Vanhoozer). En los tres actos pasados estuvimos como auditorio, pero ahora nos toca reflexionar y actuar como actores guiados por el director divino: el Espíritu Santo.

El silencio de Ap 8:1-5 es bastante curioso, sobre todo en un libro que mantiene cierta tensión creciente y crea una expectativa sobre el desenlace final. En medio de todo el drama cósmico, Dios para y silencia todo para oler las oraciones de su pueblo. Esta conducta no es nueva, porque al séptimo día de haber levantado el escenario en Génesis «Dios descansó» (Gn 2:2). La «actuación» de Dios, el actor principal, nos invita a adquirir la perspectiva de Dios. El descanso y el silencio también son parte fundamental de nuestra adoración. De hecho, esta tensión debe caracterizar toda la vida cristiana: quien no vive su fe, no la ha comprendido; pero quien no comprende su fe, no la puede vivir adecuadamente. Juan Stam lo dice de forma más clara: «Sin descansos para orar y reflexionar, la acción se vuelve irreflexiva e ineficaz; sin la práctica de la fe, la meditación es estéril y el descanso termina en letargo y entropía». Si Dios puede parar para escucharnos, ¿nosotros podremos hacer lo mismo para escuchar la voz de Dios en medio de esta difícil situación?

Este tiempo de cuarentena/Cuaresma es una oportunidad para detenernos y escuchar en el silencio la voluntad de Dios. Quizás nuestros cultos y actividades (¿sobre todo en Semana Santa?) han ahogado con sus celebraciones de «adoración» el «suave murmullo» de la manifestación de Dios (1 R 19:12) o la voz del silencio divino. Es cierto que nuestros servicios son el reflejo de una auténtica adoración, pero debemos de cuidar que este «ruido» no nos impida escuchar a Dios. En este tiempo de «silencio» eclesial (fuera de los templos y sin servicios) tenemos que aprender a callarnos ante el Señor (Hab 2:20; Zac 2:13), a estar quietos y reconocer que Dios es Dios (Sal 46:10) y a guardar silencio ante el Señor y esperar en él con paciencia (Sal 37:7).

Pero, como se dijo anteriormente, el silencio se debe a la llegada de nuestras oraciones. Las oraciones son tan importantes que el culto en el templo celestial tiene que cesar. ¡Qué manera de describir el valor de las oraciones y de la intercesión! ¿Cuántas veces al orar hemos pensado si en verdad importa o si Dios realmente escucha? Bueno, no solo escucha las súplicas, sino que el cielo se calla y se llena de un olor que agrada a Dios.

Amigos y hermanos, aun en medio de esta situación que nos aflige y preocupa, Dios sigue siendo soberano, todopoderoso y totalmente bueno. «El mundo está seguro en las manos de Dios, y no se desintegrará simplemente porque hagamos una pausa» —dice Esteban Voth. Tenemos tanta información y noticias sobre esta pandemia que terminamos abrumados y angustiados. Sin embargo, podemos parar, guardar silencio y confiar en aquel que hace nuevas todas las cosas.

Ojalá que nuestro silencio (voluntario o forzado) se llene de oración, y que estas súplicas sean el reflejo de la confianza que tenemos los cristianos en el Dios que enjugará las lágrimas de todo rostro, es decir, el Dios de Jesucristo.


[1] En esta misma línea, véase el excelente artículo de Carroll Rios de Rodríguez, “«Cuarentena» en cuaresma”, blog Fe y Libertad, 16 de marzo de 2020, https://feylibertad.org/cuarentena-en-cuaresma/

[2] La siguiente reflexión está tomada e inspirada en el análisis bíblico-teológico del Dr. Juan Stam.

[3] El texto está lleno de detalles interesantes y significativos (por ejemplo, la media hora de silencio, las trompetas, la función de los ángeles, el incienso, etc.), los cuales, por cuestión de espacio, no podemos abordar.

[4] En Isaías 1:13 se menciona que el incienso ofrecido es una «abominación» para Yahvé, pero en 1:15 se aclara el porqué.

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