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Una Semana Santa diferente, pero con el mismo propósito.

Nadie al iniciar el 2020 se imaginó la situación actual por la que estamos atravesando. La orden del presidente de prorrogar el estado de calamidad y el toque de queda cayó como balde de agua fría para muchos. Cuántos planes, proyectos y actividades teníamos para Semana Mayor, pero todo se vino abajo de la noche a la mañana —literalmente—. De no estar en esta situación, ¿dónde estaríamos?, ¿qué estuviéramos haciendo? En definitiva, esta Semana Santa será muy diferente, única e inolvidable.

Sin embargo, considero que es importante reflexionar en este tiempo de quietud y no solo ver el lado negativo de todo esto. ¿Cuántas noticias de accidentes de tránsito y percances en playas y ríos salen en primera plana durante Semana Santa? Muchas, ¿verdad? Quizás las prohibiciones que vivimos han resguardado la vida de muchos. Hay que ver el lado positivo y comprender que en esta vida no siempre tenemos lo que queremos ni las cosas siempre salen como planeamos. Pertinentes son las palabras del profeta Isaías: «Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová» (Is 55:8 RV60).

Nos conforta saber que Dios está en control de todo y que a él nada se le sale de control. Frank Turek lo expresa de una manera clara:

Así que él no es un relojero histórico lejano que termina las cosas y ya no es más necesario. El poder de Dios está presente para ti ahora mismo. Dios te mantiene a ti y a todo el universo alrededor de ti ahora mismo. Como los antiguos textos bíblicos declaran: “En él vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser ‘y’ todas las cosas en él subsisten”.[1]

A pesar de la situación que estamos viviendo, durante todo este tiempo de confinamiento no perdamos de vista el propósito principal de esta Semana Santa: Jesús de Nazaret. En él se divide la historia. Es el hombre que nació para morir. Alguien podría decir que todos nacemos para morir —lo cual es cierto—, pero Jesús cumple el propósito principal por el que vino al mundo: dar su vida en expiación para redimirnos del poder del pecado y de la muerte y así darnos salvación eterna.

En Jesús se cumplen las profecías del varón sufriente de Isaías, el cual toma el camino del sufrimiento, del dolor, del sacrificio, de la angustia, de la vergüenza y aun de la maldición para rescatarnos de la muerte eterna, y todo esto lo hizo por amor. Carson nos conmueve al decir: «No fueron los clavos lo que sujetaron a Jesús a esa horrible cruz; fue su decisión incondicional, por amor a su Padre, de cumplir su voluntad y, dentro de ese marco, fue su amor por los pecadores como yo».[2]

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El prolífico escritor John Stott plantea una interrogante: «¿Quién entregó a Jesús a la muerte? No fue Judas, por dinero; no fue Pilato, por temor; no fueron los judíos, por envidia; sino el Padre, ¡por amor!».[3] «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Jn 3:16 RV60).

La muerte de nuestro Señor y Salvador Jesucristo sucedió durante una fiesta judía conocida como la Pascua.

La celebración de la Pascua recordaba a los israelitas que sus padres habían sido esclavizados en Egipto y que Dios les había librado constituyéndose en su Salvador. En el NT la liberación se pone en relación con el pecado y sus consecuencias (Lc 2:38; 24:21). El pecado es una grave forma de esclavitud (Jn 8:34; cf. Ro 6:7, 16, 19ss), de la que Cristo ha venido a liberar a la humanidad (Jn 8:36). Mediante su muerte, Cristo destruye el pecado y libera a sus cautivos (Lc 4:18; Is 61:1).[4]

San Agustín de Hipona, padre de la iglesia, en palabras tan impactantes, nos dice:

El Creador del hombre se dignó a hacerse hombre; se hizo lo que él mismo había creado, para que la criatura que él había hecho no se perdiera. ¿Qué más podía añadirse a esta misericordia? Sin embargo, él le añadió. No le bastó hacerse hombre, a eso le añadió ser rechazado por los hombres; no le bastó ser rechazado, también fue deshonrado; no le bastó ser deshonrado, también murió; pero aun esto no le bastó, porque esa muerte fue la muerte de la cruz.[5]

Jesús al morir fue sepultado, pero no se quedó en la tumba como Mahoma, Zoroastro, Buda o Confucio. ¡Jesús no se quedó en la tumba!, sino que al tercer día resucitó y se sentó a la diestra del Padre. ¡Jesús vive! «Y lo cierto es que la resurrección de Cristo, más que un problema lingüístico o filosófico que debatir, constituye el momento clave de la historia universal».[6] «Nada es más central en la Biblia que la muerte y resurrección de Jesús».[7]

Todo esto fue por gracia y no tenemos que hacer nada para obtenerlo, solamente recibir ese maravilloso regalo de la salvación. Todo está pagado con el sacrificio expiatorio de Cristo. «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios» (Ef 2:8 RV60).


[1] Frank Turek, Robándole a Dios (EE. UU.: Kerigma), 66.

[2] D. A. Carson, Escándalo: La cruz y la resurrección de Jesús (Barcelona: Andamio, 2011), 29.

[3] J. Stott,  La cruz de Cristo (Buenos Aires: Certeza, 2008), 80.

[4] A. Ropero, “Pascua”, Gran diccionario enciclopédico de la Biblia, ed. Alfonso Ropero (Barcelona: CLIE, 2013), 1905.

[5] E. Ritzema, ed., 300 citas y oraciones navideñas (Bellingham: Lexham Press, 2013).

[6]S. S. Park, ¿Resucitó Jesús? (Barcelona: Andamio, 1995), 57.

[7] Carson, Escándalo, 7.

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