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Getsemaní, pandemia y agonía de Jesús: una lectura existencial y teológica

    Esta pandemia, sin duda, ha demostrado que la muerte no aparece al final de una vida adulta, sino está desde el momento en que nacemos y que habrá que atravesarla en cualquier momento. Pensar la muerte, en medio del abandono de “nuestros hermanos humanos”, invita a considerar la noche del Getsemaní desde una lectura existencial y teológica. Existencial, porque pertenece a los hombres entera morir algún día y teológica, porque Dios mismo ha muerto.

    Perspectiva histórica

    La angustia ante la muerte ha estado presente en la reflexión filosófica y teológica. Es posible recoger algunos testimonios desde la antigüedad: Con Sócrates se ve la muerte con valentía, casi una glorificación en sí misma. Con Epicuro, por ejemplo, se evade preguntar por la muerte:

    Así, el más terrorífico de los males, la muerte, no es nada en relación con nosotros, porque, cuando nosotros somos, la muerte no está presente, y cuando la muerte está presente, nosotros no somos más. Ella no está, pues, en relación ni con los vivos ni con los muertos, porque para unos no es, y los otros ya no son.[1]

    Mientras que para Epicteto hablar sobre ella permite superar el tema: “La muerte, por ejemplo, no es un mal; si lo fuera, habría parecido tal a Sócrates. La opinión que se forma de la muerte es la que la hace tan espantosa”.[2] Esta triple referencia revela la actitud humana ante la muerte: valentía, huida o negación. Sin embargo, desde la filosofía moderna, algunos filósofos como Martin Heidegger han reconocido la singularidad de la reflexión cristiana sobre la muerte.[3]

    Perspectiva cristiana

    El cristianismo ha pensado la muerte a partir de una confesión esencial de su fe: Jesús el Cristo ha muerto. Sin embargo, lo ha pensado en clave soteriológica antes que antropológica; escatológica antes que existencial. Por eso, una lectura de los sinópticos revela que Jesús, en la noche del Getsemaní, ha temido ante la muerte y no ha sucumbido ante ella, porque la ha atravesado en su abandono al Padre.

    Compañía

     Siguiendo la lectura de los textos, cuando Jesús se retira con sus discípulos al Getsemaní tomó consigo a tres de ellos: Pedro, Juan y Santiago (Mt 26:37; Mc 14:33). Ante estos Jesús “comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera” (Mt 26:37b; Mc 14:33b). Luego les expresa su angustia: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mt 26:38a). Acto seguido, los invitó a quedarse y velar con él (Mt 26:38b). Hasta aquí, es posible dilucidar que, ante la angustia de la muerte Jesús ha requerido la compañía para pasar Getsemaní.

    Sin embargo, el relato muestra que a pesar de la compañía y la tristeza de los discípulos (Lc 22:45), Jesús se descubre solo cuando al volver tres veces con ellos los encuentra siempre dormidos (Mt 26:40, 42-43; Mc 14:37, 39-40). A pesar de la compañía, la soledad que atraviesa Jesús es solo suya y no de sus amigos.

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    Oración

     Cuando Jesús empezó a angustiarse reveló a sus discípulos su estado: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mt 26:38 ; Mc 14:34). Esta expresión hace eco de los Salmos del Antiguo Testamento, donde el salmista expresa sus experiencias más hondas. Jesús, de alguna manera, ora aquí los salmos y así lo hace también en el grito de la cruz: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado” (Mt 27:46; Mr 15:34; Sal 22). En la angustia ante la muerte Jesús hace suyo los salmos y los ora.

    Es indiscutible que, en medio de la angustia ante la muerte, la lectura orada de los salmos revela los sentimientos más profundos del ser humano dirigidos a Dios. Incluso, como relata Lucas, mientras más agonía sentía Jesús “oraba más intensamente” (Lc 22:44).

    Miedo

    A parte de los salmos orados por Jesús el contenido de su oración a solas es revelador. Según los sinópticos Jesús pide que se le quite la copa de la muerte: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa…” (Mt 26:39; Mr 14:36 y Lc 22:42). Jesús, por así decirlo, ha temido a la muerte, y más aún: Dios mismo ha temido ante la muerte.[4] Que Jesús le tema a la muerte no le hace menor que Sócrates, ni que un mártir. Más bien, revela que el miedo a la muerte le es consustancial a todo hombre, y aquí, a Dios mismo.

    La petición de quitar de él la angustia de la muerte no es un mero teatro referido por unos textos sino su vivencia real y única. Y así es leída teológicamente: Dios vive en el Hijo la experiencia de la muerte.[5] No es por nada que a lo largo de la historia cristiana se hay debatido sobre la pasibilidad de Dios en el mundo, resultado de ello nacieron algunas herejías que negaban dicha verdad. El docetismo que niega el padecimiento de Cristo y el monofisismo que niega las experiencias verdaderas y reales de Cristo.

    Abandono

    Seguido de la petición de quitar de él la copa, Lucas relata la presencia de un ángel venido del cielo para fortalecer a Jesús (Lc 22:43). Pero no ha sido para quitar de él el peso de la muerte, sino para pasar definitivamente Getsemaní. En la segunda parte de la oración de Jesús refiere su existencia total en manos del Padre: “Pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mt 26:39b). El abandono de Jesús en las manos de su Padre revela que es posible pasar Getsemaní confiado.

    Esta particular manera lo expone Juan en su evangelio: “sabiendo Jesús que su hora había llegado para pasar de este mundo al Padre” (Jn 13:1). Aquí Jesús se sabe pasante y revela que va hacia su Padre y no a una nada oscura. Así, en su muerte ha glorificado al Padre por su obediencia al darlo a conocer como: “el único Dios verdadero” (Jn 17:3), como éste le ha dado al Hijo: “potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos…” (Jn 17:2).

    No hay duda de que la Pandemia ha revelado la vulnerabilidad de muchos hombres con aquellos que han vivido la experiencia de la muerte. No solo con aquellos que han sido afectados por el virus, sino con sus familiares y amigos; también con aquellos que han pasado de este mundo al Padre por otras circunstancias de la vida. De ahí que una lectura de la noche del Getsemaní revela la vulnerabilidad de Dios con los hombres. Así como Dios vivió la experiencia de la muerte en el padecimiento de su Hijo hoy entiende y acompaña la experiencia de dolor de todo hombre que pasa la noche del Getsemaní.


    [1] Epicuro, “Carta a Meneceo”, ONOMAZEIN 4 (1999): 412.

    [2] Epicteto, Manual (Madrid: Aznar, MCCCII), IX, 76.

    [3] Heidegger, Ser y tiempo (Santiago: Universitaria, 1997), § 249, nota 1, 269.

    [4] Cf. E. F.

    [5] Jürgen Moltmann, El Dios crucificado: La cruz de Cristo base y crítica de la teología cristiana (Salamanca: Sígueme, 2010), 333-353.

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